jueves, 18 de junio de 2015

Deidades. (Actualizable)

En el continente de Krater existen numerosas deidades, las cuales se cree que proporcionan determinados beneficios a sus acólitos y pueden llegar a obrar grandes milagros. Dichos seres surgen de mitos y leyendas siglos atrás transcurridos, protagonizados por humanos o criaturas que destacaron por encima del resto gracias a su inmenso poder o gran sabiduría. Hay quienes discrepan de la divinidad de la mayoría de deidades, argumentando el hecho de que simplemente  lograron destacar en un mundo poblado por ingenuos y crédulos. Aunque suelen jugar con las pruebas de su parte, suelen encontrarse con una fuerte resistencia por parte de quienes creen fervientemente en el poder de los dioses. Este hecho ha llegado a desatar cientos de conflictos a lo largo de los siglos, entre eruditos y diferentes religiones que creen ser los portadores de la religión autentica. Entre todas las creencias y religiones existentes en el continente, se pueden destacar once deidades que han logrado establecerse como oficiales en gran parte de los reinos.

Diosa Lura. 
Lura es la deidad de la protección y la venganza, su creencia se limita a los reinos del noroeste. Se cree que se trató de una mujer de gran coraje y valor, con tal habilidad en el combate que su mera presencia inspiraba a las legiones haciéndoles combatir con el doble de fuerza. Aunque su habilidad con las armas no tenía parangón, lo que más la hizo destacar frente al resto fue su determinación. Solo combatía para proteger y vengar a su pueblo, llegando a negarse a participar en las necesidades expansivas de su rey. En una ocasión, fue encarcelada por desobediencia al negarse a participar en una campaña que recién habían iniciado contra un reino sureño. Fue encerrada acusada de desobediencia al rey, permaneciendo en la oscuridad de una celda durante una década. Fue liberada una mañana invernal cuando la campaña iniciada tiempo atrás se volvió en contra del reino, el apreció como sus dominios iban menguando a gran velocidad a causa del ejército enemigo. El reino prácticamente se había visto consumido bajo los pies de metal del enemigo, mientras a ella la habían confinado en la oscuridad de una celda alejada de la espada y el escudo. Aquella visión la hizo enloquecer de furia, pues ya poco se podía hacer para arreglar el daño causado. Le arrebató su espada a uno de los guardias y se fue abriendo camino entre los soldados, quienes se veían incapaces de detener el avance frenético de la mujer. Cuando llegó a la sala del trono, decapitó al regente en presencia de cientos de personas al grito de: 
- "¡Que la desgracia de nuestro reino te persiga por la eternidad!"
Tras esto, permaneció con la espada en alto observando con detenimiento a los soldados que la acorralaban. Eran hombres que habían arriesgado su vida para defender aquel reino durante la última década, que se habían adentrado en tierras enemigas bajo la orden irrevocable de su rey. Ahora sin un monarca que guiara sus pasos, se arrodillaron ante los pies de Lura. La recordaban, sabían muy bien quién era y como su espada había decantado las batallas a su favor. Le suplicaron que les guiara en aquellos últimos días de batalla, para defender con uñas y espadas lo poco que quedaba de su hogar. La batalla se eternizó durante meses, pues bajo el mandato de su nueva reina los aguerridos soldados combatían con un frenesí y un temple que hacía palidecer a sus adversarios. Pero solo era cuestión de tiempo y de números, por muy poderosos que se hubieran vuelto, su número descendía drásticamente tras cada escaramuza, llegando a quedar solo un puñado de soldados defendiendo los salones del trono con Lura a la cabeza. Las resistentes puertas del salón empezaban a ceder ante la insistente arremetida del enemigo, y los escasos hombres que quedaban en su interior se escondían tras las columnas para poder tomar a sus enemigos de improviso. El castillo había sido evacuado de mujeres, niños y heridos, quedando solo ellos para resistir. Cuando las puertas cayeron y los hombres entraron, el grito de batalla de Lura y sus guerreros estremecieron sus corazones. Fue un combate rápido, apenas una media hora que se saldó con casi setenta muertos entre ambos bandos. Lura falleció con una saeta clavada en el cuello, siendo la primera en caer en combate, pero su coraje siguió inspirando a sus guerreros en vida que lo dieron todo en aquel último combate. 
La historia de Lura cruzó montañas y se extendió por los reinos vecinos como la pólvora, llegando a ser considerada como la hija predilecta de los dioses de la guerra. Con los años, aquella historia se transformó en leyenda, y luego en mito. Sobe su figura y nombre se edificó un templo, que con el paso de los siglos consiguió establecerse como una religión de culto en gran parte de los reinos situados al noroeste. 


Dioses de las Islas de la niebla.

Estas divinidades nacen de historias y leyendas muy variadas, protagonizadas en su mayor parte por gloriosos guerreros y poderosos chamanes. Al ser transmitidas a lo largo de los siglos de padres a hijos, ha provocado que las leyendas se vayan trastocando constantemente hasta convertirse en algo muy diferente a la original. Los grandes guerreros se han convertido en dioses, a los que se les atribuye grandes poderes ejerciendo una inmensa influencia sobre todos los habitantes de las islas. Los actuales dioses mayores que componen su religión son cuatro. El gran dios Tok, el señor del trueno, la batalla y las tormentas. La diosa Matrik, mujer de Tok, señora de la fertilidad, los cultivos y la vida. El dios Lokat, hijo de Tok y señor de las argucias, la muerte y la enfermedad. Y la hija del dios de la tormenta Iduun, considerada la única deidad viva. Es la diosa de la niebla, el trueno y los mares. Hay cientos de dioses menores que realizan funciones mucho más variadas y mundanas que las anteriormente citadas, desde el disfrute en las fiestas, el afilado de las armas o la protección de los hogares. Aunque también son aclamados por los habitantes de las islas, su importancia se limita a momentos muy puntuales de sus vidas.

© Vela Ruiz David, 2015

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