jueves, 18 de junio de 2015

Alexia Becker: Servicio funesto (Capítulo piloto)

A continuación os presento un pequeño capítulo de quién será la protagonista de mi siguiente historia. Se llama Alexia Becker y será la precursora de una serie de acontecimientos que harán evolucionar las disputas en los reinos del norte. Su historia será mas oscura, enigmática, sangrienta y erótica, por lo que no será recomendable para personas demasiado sensibles.

Un saludo y disfrutar del capítulo.



Servicio funesto. 

Era noche cerrada, las nubes cubrían los cielos impregnando el ambiente con una humedad y un sofoco amenazando con una tormenta. En la lejanía,  los rayos iluminaban el cielo sobre la ciudad de Nortlands, ahogando con su tronar el crepitar continuo de las ruedas contra el pavimento.  Los cascos de los caballos en ocasiones resbalaban sobre estos a causa de la humedad, el chófer maldecía a cada traspiés temiendo dejar cojo a cualquiera de sus cuatro corceles. Aquel camino no estaba preparado para ser recorrido en carromato, ni siquiera a caballo, pero era el único que conducía a su destino. Su pasajera, mujer de alta cuna, se había mostrado bastante reacia a recorrer aquella ruta a pie. Ni siquiera aceptó la sugerencia de esperar a que escampara. Su única respuesta fue el arrojar una bolsa repleta de monedas de plata al pecho del cochero a través de la ventana del carro,  invitándole a que se comprara un carro y caballos nuevos si hiciera falta. En toda la travesía no se había dignado a dirigir su mirada al hombre, algo habitual entre la nobleza más petulante.

La dificultad del camino no era solo su mal estado y su estrechez, si no a lo escarpado del mismo. A su derecha se apreciaba una pronunciada pendiente que acababa en un río embravecido. Y a su izquierda, el muro de lo que parecía ser un precipicio escarbado en la tierra años atrás durante la construcción del paso. Poco importaba lo lento que fueran, pues en cualquier momento aquel camino podría ceder al peso de los caballos y la mala sujeción que la tierra mojada. El conductor solo tenía una cosa en mente y era que no aceptaría mas encargos que supusieran un riesgo tan elevado para su vida. Poco valían unas monedas de plata en comparación, mas si incluía el valor sentimental que le tenía al propio carruaje.

El carro tembló y se paró en seco, los caballos sorprendidos bufaron y patalearon en su empeño por no resbalar. Sus cascos de acero chocaban con fuerza contra las húmedas piedras, creando un estruendo ensordecedor. El cochero se desplazó a uno de los laterales y descendió de la carroza mientras buscaba el problema, encontrándolo en la rueda delantera izquierda. Se había atorado entre dos losas, y no parecía fácil de solucionar.

Se acercó a la puerta del carruaje,  ya poco importaba lo que dijera aquella mujer. Necesitaba ayuda para poder desatorar la rueda y para ello tendría que acercarse al pueblo que se encontraba al principio del camino. Si hacía falta le devolvería la ultima bolsa de monedas,  pues no se arriesgaría a sufrir percances mayores. 

Llamó tres veces a la puerta, pero no obtuvo respuesta. 

-Señora, nos hemos atorado. No podemos seguir por ahora. 

La puerta se abrió entonces de par en par, mostrando la esbelta y agraciada figura de una mujer entrada en la veintena. Portaba ropas lujosas de colores oscuros como el rojo sangre y el negro azabache. Su falda de viaje colgaba lisa hasta casi rozarle los pies, los cuales se encontraban enfundados en robustas botas altas adornadas con bordados oscuros. Su rostro quedaba oculto entre las sombras, lo que le impidió al hombre apreciar su mueca de desagrado. La mano de la noble le apuntó acusadora.

- Me tiene cansada con tantas escusas. - Murmuró con tono lúgubre. - ¿Tan complicado es llevar una persona de un lugar a otro? Solo ha sabido quejarse durante todo el recorrido... - Un destello peligroso se vislumbró entre las sombras de su rostro. - Le relego de su función.

El hombre sintió una profunda punzada de dolor en el pecho, seguida de una sonora tos sangrienta. Sus dedos huesudos se cernieron entorno a un virote de ballesta que sobresalía de su pecho a la altura de su pulmón derecho.  Calló de rodillas sobre el camino empedrado, sintiendo como la fuerza de la que siempre había disfrutado le abandonaba por completo en un suspiro helado. La sangre se resbalaba entre sus dedos muertos mientras el cadáver caía sobre su costado, vacío de toda vida. Había sido una muerte bastante silenciosa, aunque de las más sucias que había realizado. La sangre se extendía cual charco carmesí brotando de la herida y sus labios, siendo canalizada entre las uniones de las piedras en dirección a la pendiente que descendía hasta el río.

Tras guardar la pequeña ballesta en un bolsillo oculto de la falda, la dama descendió del carruaje pisando con cuidado sobre las baldosas limpias mientras se sostenía las telas en un intento por evitar que se manchara. No es que sintiera asco por la sangre ajena, simplemente no tenía intención de ensuciar sus ropajes en aquella ocasión. Cualquier persona que hubiera presenciado el asesinato, no hubiera podido ocultar una mueca de desprecio ante la indiferencia por lo que acababa de hacer. En cambio para ella, no resultaba un acto tan cruel como otros que hubiera llegado a cometer. El golpe no había sido mortal, pues con aquella herida habría podido sobrevivir unos cuantos minutos más. Lo que había acabado con su vida había sido el veneno en que impregnó el virote. 

Se alejó del cuerpo con gracia en dirección a los caballos manteniendo la vista alta y el paso seguro. Sacó una daga que guardaba bajo la manga, era una única pieza de acero ligero su hoja era fina y el elegante mango mostraba suaves grabados sureños. Un regalo expropiado a una pareja de nobles que viajaban en compañía de su criado por caminos oscuros y demasiado peligrosos. Aunque protección no les hacía falta, pues ya contaban con suficiente poder como para defenderse por su cuenta. Apenas logró escapar con vida de aquella escaramuza que ella misma había realizado, llevándose como recuerdo aquella brillante daga clavada en su costado. Por suerte para los de su raza, ese tipo de heridas nunca eran mortales ni dejaban cicatriz. 

Se acercó al rostro del caballo de apariencia más robusta, acariciando su tez con  cariño. - "Pareces ser el mas adecuado." - Pensó, mientras rozaba con la punta de sus dedos el entrecejo del equino. Apartó las manos de este y con movimiento lento y sensual se produjo un corte en la palma de su siniestra. Su rostro mostraba una expresión extraña, mezcla de dolor y placer, mientras el acero se abría paso entre la piel y la carne. Un brote de sangre emergió de la herida abierta enfadando a los caballos, quienes bufaron y regularon ante su olor. Limpió la sangre de la daga en la propia brida del caballo y la guardó en su escote, oculta entre sus senos. Agarró las bridas con la mano sana y colocó la mano herida en los morros del caballo, el cual terminó mordiéndola en un intento por apartarla de sí. Pero al poco de que la sangre rozara su lengua el animal se camó y empezó a lamer la herida abierta con brío, llevado por una sed incontrolable.

Alexia apartó la mano, el mordisco del animal había sido algo doloroso pero necesario, la herida del corte parecía haber cicatrizado en apenas unos segundos. La marca desaparecería en breve, al igual que la molestia de la mordedura. Observó de nuevo al caballo, quién permanecía ahora completamente paralizado. Su sangre estaba empezando a infectar al animal y pronto acabaría convirtiéndolo en un siervo más. 

No le gustaba tener que recurrir a aquello, pues dudaba cuanto tiempo llegaría a sobrevivir aquella criatura en ese estado. No por que pudiera morir de enfermedad, ni por heridas ni por cualquier depredador, si no por su idiotez. Los animales no razonaban solo se guiaban por instinto. A un humano era fácil enseñarle que en ese estado, el sol era lo ultimo que debían ver. Pero un caballo... en el momento en que menos se lo esperase, acabaría abrasado en mitad de cualquier camino mientras buscara sangre que pastar. 

Sacó un pañuelo del bolsillo de su falda y se limpió los restos de sangre y babas de la mano, para seguidamente, volver a sacar la daga y cortar las sujeciones del equino sangriento. No necesitó tirar de sus bridas para que se apartara del carro, la propia voluntad de ella era suficiente como para controlarlo. Se subió a su grupa de un salto ágil, presionando el torso del animal con ambas piernas ocultas bajo los pliegues de la falda que cubrían parte de su cuerpo, para luego sujetarse por sus crines. No tenía asiento, sería un galope al desnudo, algo a lo que ya estaba bastante acostumbrada. Observó el camino restante, que discurría ocultándose tras el elevado precipicio. Apenas quedaban dos kilómetros para alcanzar las puertas del palacio de los Montsalve, un recorrido que perfectamente podría salvar en escasos minutos gracias a su mejorada montura. Se concentró escasos segundos en el lugar y susurró a su oído. 

- Cabalga. - 

El equino bufó con furia, acelerando repentinamente y emprendiendo un esprint endiablado. Sus cascos rompían las rocas del pavimento, levantando a su paso tierra y piedras fragmentadas detonadas por sus pisadas. El miedo de los caballos que quedaron atrás, quedó reflejado en forma de sonoros relinchos en aquella húmeda noche de invierno. 

© Vela Ruiz David, 2015


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